Cédulas Reales Universidad del Rosario

Artículos

La letra de los documentos
contra la realidad de los hechos

Las cédulas reales en la Nueva Granada

Jaime Restrepo Zapata

Este escrito forma parte de la investigación que el Archivo Histórico de la Universidad del Rosario realizó sobre las cédulas reales que regularon la fundación del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y que reglamentaron algunos aspectos de su trayectoria en los siglos posteriores. Mientras otras secciones del trabajo se ocuparon del estudio y análisis de dichas cédulas, esta parte se centrará en el contexto neogranadino al que estaban dirigidas. Es importante detenerse en algunas peculiaridades de nuestro mundo colonial para entender mejor el significado e importancia de esos documentos de la Corona y para una mejor comprensión de las realizaciones educativas que se dieron en la Colonia de Nueva Granada.

Tras la lectura de los documentos de la época, llegamos a la conclusión de que la distancia es una categoría importante a la hora de entender algunos aspectos de nuestra realidad colonial. Esa enorme distancia que separaba a la metrópoli de sus colonias de Indias puede entenderse de diferentes maneras, pues incluía componentes étnicos, espirituales, geográficos, culturales, psicológicos. Por lo cual no pueden extrañar sus diversas repercusiones en distintos aspectos de la vida colonial.

La distancia significó, antes que nada, una inmensa separación geográfica, incrementada por una navegación costosa y difícil, no siempre fácil de superar. Alejamiento geográfico que se ampliaba con la diversidad de “mundos” que se habían enfrentado en la conquista.  Conocidas las dificultades para la comunicación inicial, cabe preguntarse si los primeros encuentros significaron algo más que unos inmensos interrogantes. Toda la riqueza personal que el término encuentro puede representar hoy para nosotros, está completamente ausente de aquellos primeros contactos. Predomina en todos los protagonistas, una “fuerte extrañeza”, una incertidumbre -sin respuesta- ante el otro. Españoles y aborígenes vacilarán largamente en sus procesos para conocer, identificar y definir al otro.

Es un hecho incuestionable que, muchos años después del descubrimiento y de las primeras conquistas, los intérpretes seguían cumpliendo una importante función, tanto en la evangelización como en la administración de justicia.

Las certezas que el descubridor-conquistador tenía acerca de su ser, de su historia, de su cultura y de su valer, predominaban avasalladoramente sobre cualquier otra posibilidad de perspectiva. El “cristiano viejo”, que acababa de vencer a musulmanes y judíos, se sentía superior a los vencidos; máxime si estos no eran cristianos. Ante todos los demás y más ante estos salvajes de las Indias, el español se considera superior; en su mentalidad, “el raro y peligroso es el otro”. Con ello la tónica espiritual orientará más hacia el distanciamiento que hacia el acercamiento y la confraternidad. Las excepciones innegables sólo consiguen afianzar el talante general del que llega de la Metrópoli:

…no olvidemos que para el historiador de la cultura es más importante lo que los hombres creían de sí mismos, que lo que realmente eran y los españoles del siglo XVII se contemplaban así y muchas veces este “modelo” heredado condicionó muchos de sus actos y resoluciones, como ocurre siempre en todas las sociedades[1]

Ese era su “mundo”. El que se impone en la mayoría de los españoles y en gran parte de las situaciones donde hay acercamientos con el mundo aborigen. Lo cual conduce necesariamente a una actitud de superioridad, que se extiende a todos los ámbitos de la vida y que podría caracterizarse como un mirar sin ver una realidad que se miraba como provisional y como extraña:

…pasaban por los campos con la mirada fija en un invisible confín lleno de oro, y no veían casi nada de lo que había ante ellos porque iban deprisa. Las selvas eran obstáculos, los caminos eran extravío, los animales eran peligrosos, los insectos eran mortificaciones, los indios eran barbarie, las culturas eran superstición. América era para muchos, para casi todos ellos, una inmensa maldición que sólo se justificaba por (…) la obsesión, la búsqueda del oro y la riqueza que lo compensara todo y que permitiera el regreso a la querida península donde estaba la vida verdadera[2].

En este caso, se pone de manifiesto una de las peculiaridades del español, que Menéndez Pidal llama exclusivismo y que es la “estimación absorbente de aquello que se toma como principal, e indiferencia para cuanto se mira como secundario; entrega total a un propósito, con desatención para lo demás”[3]. No puede sorprender que exista, en los procesos de conquista y colonización, una óptica muy peculiar por parte del protagonista español.

La capacidad de percepción de la mayoría de los recién llegados no estaba en condiciones de captar la riqueza de la realidad que había encontrado. Sí hubo asombro y pasmo ante una naturaleza desbordada y exuberante. Pero faltó, sobre todo al principio, el reconocimiento de su entidad y de su valor.  Se conocieron y explotaron sus minerales y otros recursos, pero, en términos generales, no se percibieron otras riquezas; y, menos, la riqueza personal de sus habitantes. Cuando esta negación del “diferente-inferior” se convierte en principio, es posible cuestionar, de fondo, las acciones educativas de quienes así pensaban, pues “toda enseñanza verdadera es un intercambio y nunca podrá dar quien no está dispuesto a recibir, ni podrá enseñar quien no está dispuesto a aprender”.

Como se anotó antes, la superioridad del conquistador piensa, actúa y legisla en función de sí mismo (como centro) y no en función de unas extrañas creaturas, que eran parte de la periferia conquistada.  Por ello, la diversidad de las personas y de las naciones pudo difuminarse y diluirse bajo una etérea denominación que servía para incluir y asimilar a los tagalos, los aztecas, los araucanos, los muiscas o los incas: todos eran “las Indias”.

Si esto explica la perspectiva con que la mayoría de los españoles miró a América, se hacen aún más significativos e importantes aquellos casos en los que predominó una actitud de respetuosa acogida de la nueva realidad. Llama la atención cómo fray Pedro Simón, percibe el peso de esta diferencia, que alcanza a medirse ni a valorarse desde fuera: “este es un Mundo Nuevo, que lo es en tantas cosas, que las más no tienen cotejo en tratos, costumbres… ni aun en vocablos con las del viejo”[4]. Y a nadie se le escapa que ambas actitudes determinarían acciones educativas de muy distinto signo. Cuando se habla entre nosotros de una educación desarraigada, hay que retroceder hasta estos momentos, para entender su causa profunda y su raíz.

Esta distancia reforzará las diferencias, ocasionando un alejamiento y desconocimiento mutuos. El rey y su Consejo de Indias estaban muy lejos. Se legisló para las Indias desde una metrópoli que, salvas excepciones, desconocía -o conoció muy parcialmente- la realidad geográfica, económica y humana de las colonias. Además, no puede olvidarse que la conquista de América y su novedad absoluta, representaron para los españoles un largo proceso de aprendizaje. ¿Podrán sorprender los titubeos, las inexactitudes y las incongruencias? El rey, sobrecargado de problemas en sus reinos y en Europa, no estaba en condiciones para seguir de cerca y con eficiencia los problemas que surgían por doquier en unas Indias, que abarcaban el Oriente y el Occidente. No daban abasto para atender con eficiencia a todos los asuntos. La Corona no sólo estaba muy lejos, sino que había llegado a hacerse “extraña”. No sorprende, pues, que esta deficiencia pasara a muchos de quien representaban al rey (adelantados, gobernadores, presidentes) en los nuevos territorios. La extensión y complejidad de estos obligó a la creación de instituciones e instancias mediadoras (Cancillerías, Consejo de Indias, Casa de Contratación, Audiencias…). Pero si hay intermediarios, hay burocracia; con ella se abrió la puerta a intereses que eran ajenos a la búsqueda del bien común. Su funcionamiento fue lento y sus directrices no siempre fueron las más acertadas ante la gravedad que revestían algunos comportamientos. Desde muy pronto las autoridades locales de Indias pusieron de presente al rey la necesidad de nombrar, con prontitud, gobernantes que conocieran mejor este mundo nuevo:

… suplicamos a Vuestra Majestad envíe presidente a esta Audiencia y sea persona que entienda las cosas de estas partes si fuere posible, porque importa mucho y sea con toda brevedad[5].

… una de las cosas que (…) mucho por personas en aquellas partes de siente (…) es el remedio tardío porque suele ir a tiempo que de envejecidos y empedernidos los daños no tienen cura[6].

 

Encontramos que la distancia vuelve a complicar las cosas: las soluciones llegan tarde o no llegan. Las cartas dirigidas a la metrópoli no eran atendidas oportunamente, con lo que se generaron actitudes de pesimismo ante situaciones que se prolongaban, sin perspectiva de mejoramiento:

…son muchas las que he escrito a Vuestra Alteza por las cuales suplicaba se pusiese remedio de justicia (…) y porque cada día veo menos justicia en la tierra (…), en lo cual hasta hoy ningún remedio han puesto oidores ni otras justicias[7].

No hay menor necesidad (…) de Presidente y más oidores para esta audiencia y gobierno de este Reino y distrito. Y así suplico a Vuestra Majestad esto se provea con toda brevedad como en otras lo tengo suplicado[8]

Como consecuencia de lo anterior flotaba en el ambiente una sensación preocupante de desencanto: “Por acá se dice que en los consejos de Vuestra Majestad no leen las cartas”. Sensación de la que se sacaron conclusiones muy graves:

…de ahí es por ventura que no están bien informados de lo que acá pasa y por esto no proveen muchas cosas como se había de proveer

Con las cartas que se dirigían a la Corona pasaron otras cosas curiosas. En primer lugar, había que reiterar una y otra vez las peticiones, las necesidades y las solicitudes: “En esta vuelvo a suplicar a Vuestra Majestad lo que en otras[10]. Si esto fuera poco, las cartas (y las cédulas) de la Corona se ocultaban -o se perdían- cuando incluían disposiciones que podían afectar los intereses de algunos gobernantes. De igual forma, misteriosamente desaparecían algunas cartas que se enviaban a España, dando informaciones delicadas al rey o con quejas y denuncias ante la justicia:

Otras muchas he escrito a Vuestra Majestad antes de ahora. Bien tengo entendido que no han ido ante Vuestra Majestad por la gran desenvoltura y cuidado que en estas tierras se ha tenido por el licenciado Montaño para tomar las cartas y despachos que contra él se enviaban[11].

El ayuntamiento de esta ciudad ha escrito a Vuestra Majestad otras muchas [cartas] y no tenemos entendido hayan aportado ante Vuestra Majestad[12].

Las cartas dirigidas al rey no “aportan” (no llegan a buen puerto = no llegan a su destinatario). Como argumento fehaciente de que estas maniobras de ocultamiento perduraron en la Nueva Granda, puede citarse el testimonio de Rodríguez Freyle, que alcanzó a narrar en su obra la entrada del Arzobispo Torres en Santafé. En la dedicatoria al rey, que precedió la edición de El Carnero, escribió:

Dirijo esta obra a V.M. por dos cosas: la una, por darle noticia de este su Reino nuevo de Granada, porque nadie lo ha hecho; la otra, por librarla de algún áspid venenosos, que no la muerda viendo a quién va dirigida, cuya real persona N. S. guarde[13]

Faltaron también -y por largos períodos- las directrices de la Corona acerca de temas consultados, por lo que los gobernantes locales se vieron forzados a ingeniárselas por su cuenta. Improvisación e inseguridad que no representaban ninguna garantía de buena administración:

En once años (…) que venimos a esta provincia (…)  nunca durante él hasta hoy Vuestra Majestad nos ha mandado advertir de cosa alguna de lo en nuestras cartas y relaciones contenido (…).  Lo cual causa que vivamos en muchas cosas (…) no tan alumbrados en lo que debemos hacer y seguir (…) como somos obligados conforme a nuestros oficios y al celo y deseo que tenemos de acertar en todo. Suplicamos a V.M. sea servido de mandar (…), no permitiendo que seamos y estemos tan enterrados por el olvido en la Real memoria de Vuestra Majestad[14].

Otra secuela grave de la distancia entre España y las Indias, fue la dicotomía entre una supuesta veneración al Rey y la facilidad con la que se pasaban por alto o solo sus leyes y mandatos, sino los documentos que los contenían. Las palabras de acogida, los gestos de sumisión y reverencia, así como las ceremonias públicas que se acostumbraban para recibir las cédulas reales, frecuentemente no correspondían a la realidad de los hechos. El tópico del “se obedece, pero no se cumple” derivaría en un dualismo ético-jurídico-práctico, de inmensas repercusiones en la vida colonial. Precisamente por esta dicotomía, el significado y ascendiente de muchos documentos oficiales y de los textos legales (entre ellos, las cédulas del rey) tienen que relativizarse, pues solo representan una faceta de la realidad colonial. Por ello, no pueden invocarse como pautas reales de la vida colonial, ni como explicación única de su proceder, ni como parámetro para señalar la bondad, justicia o injusticia de normas o situaciones.

Para la Corona -que las expedía- estas cédulas constituyeron un importante medio de gobierno. Las palabras de los monarcas, tratando de subrayar esa importancia, lo reiteraron a cada paso:

…vos mando que tengáis muy grande y particular cuidado y vigilancia de que todo lo contenido en las dichas cédulas y provisiones y Nuevas Leyes y lo demás que de aquí en adelante por Su Majestad fuere ordenado y mandado se cumpla y ejecute en aquella Audiencia y provincias sujetas a ella[15].

Incluso los residentes honestos de las Indias, desconcertados ante muchas situaciones,    reclaman y esperan esas cédulas del rey, como elemento orientador: “…deseamos tener particular cédula en esto de Vuestra Majestad, porque nos parece que sin tenerla no podemos tan libremente proveer como conviene”[16].

La distancia entre España y el Nuevo Reino se reflejó también en la demora para proveer los cargos civiles y eclesiásticos, con las graves consecuencias que ello implicaba para el buen manejo de estos territorios:

la cual [Audiencia] no tiene poca necesidad de un letrado que, por no le haber en esta tierra, no padece poco[17].

Hay muy gran necesidad que en la ciudad de Santa Marta haya gobernador … cinco años ha [que] la Iglesia [de Santa Marta]  está muy mal servida por no residir en ella su prelado [18].

también deseamos que Vuestra Majestad proveyese este obispado de prelado, porque las cosas de la iglesia no andan tan a buen recaudo ni tan bien ordenadas como es razón[19].

Y cuando los nombramientos se hicieron, no siempre cumplían con las condiciones exigidas, convirtiéndose en causa de mayores problemas:

Por amor de un solo Dios, que Vuestra Majestad no nos envíe aquí más letrados, pues son ya cinco los que han errado en este Reino contra Vuestra Majestad pues no cumplen vuestros reales mandamientos[20].

Sobre todo suplico a Vuestra Alteza provea otra manera de justicia de las que hasta aquí, que no sean tan amigos de oro y de los encomenderos si quieren descargar su conciencia, porque hasta aquí, no he visto justicia en la tierra[21].

Aunque los documentos del rey se recibían con fórmulas de obediencia y respeto, fue notorio el incumplimiento de lo que se ordenaba en ellos. Comenzando por los mismos gobernantes. Desde los primeros años de la Conquista hay prueba documental de esta actitud: Pedro de Heredia, Gobernador de Cartagena, ignora olímpicamente las cédulas del rey porque pueden afectar sus intereses: “El cual, por ser ejecutor de ellas contra él y sus tenientes y oficiales y por otros fines, no las ha querido ni quiere cumplir ni ejecutar[22] . Este menosprecio por los mandatos reales también se manifestaba de otras formas, como el poco cuidado que se tenía con los documentos reales: se guardan mal y se traspapelan al vaivén de los intereses de turno.

E hice buscar aquí esta provisión y otras que Vuestra Majestad ha proveído para el buen gobierno de estas partes, y ninguna he hallado sino son las que a ellos les interesan. (…). No hallo aquí las provisiones de Vuestra Majestad que sobre esto hablan[23].

Doy cuenta a Vuestra Alteza de este infortunio para que sepa cuánto descuido se pone en estas partes en cumplir la cédula de su Alteza. (…). Empero he visto [que]
 aunque en los estrados se manda lo que es justo, fuera de ellos se disimula lo que no es razón de se disimular[24].

En las cédulas y provisiones que Vuestra Majestad ha mandado enviar a esta su Real Audiencia [ha] habido mal recaudo, porque faltan algunas, especialmente la que se manda que los oidores no tengan granjerías, ni minas, ni traten ni contraten…[25]

Quien miraba con objetividad y rectitud lo que sucedía en la Nueva Granada, señalaba esta desobediencia e ignorancia de las cédulas reales como causa determinante del desgobierno y de la agitación reinantes: “si conforme a vuestras reales cédulas y a lo que siempre Vuestra Majestad manda y ordena se cumpliese, sería vivir vuestros vasallos y naturales en descanso y quietud[26]. Las mismas leyes españolas reflejaron sutilmente las diferentes modalidades con las que se neutralizaba y trampeaba en las Indias lo que la metrópoli ordenaba:

Se han despachado muchas cédulas nuestras (…) las quales se deven executar sin omission, dissimulacion, ni tolerancia, según está encargado…[27]

 

La distancia a la que se ha hecho referencia tendría otra nefasta consecuencia: esa lejanía de la autoridad y la incertidumbre que rondaba muchas de sus decisiones, se traducían en actitudes en las que predominaban los intereses particulares y los egoísmos. De ellos se derivarían conceptos muy relativos y acomodaticios de la justicia, de la libertad y del derecho:

… a lo que he sentido no pretenden otra cosa sino que no haya justicia que los castigue, sino vivir con entera libertad[28].

…ninguno hay que piense que es obligado a obedecer la justicia ni aun a cumplir las provisiones y mandamientos de Vuestra Majestad[29].

…consienten muy grandes dilaciones en los pleitos[30].

… lo que he entendido de esto que he visto de Indias, que el principal daño que en ellas hay ha sucedido del mal gobierno de los jueces[31].

Los gobernadores, con solo el nombre espantan y son odiosos en estas partes y vienen a hacer sus negocios y no los de Dios y de los indios y tomar por amparo y escudo contentar al español en sus negocios y andan a su sabor, y que muera el indio[32].

 

Por la convergencia de todos estos factores, se perdió la confianza en quienes ejercían el gobierno y la justicia. En un ambiente de desaliento, reforzado con la frustración de no recibir respuesta de España, pareciera que solo se confiaba en lo que podía venir de la metrópoli:

…por ver tan grandes males y sin justicias y poco remedio acá, si de allá no viene y muy claras las provisiones, que a la menor oscuridad (…) la tornan a remitir allá, para que los hombres se acaben antes que alcancen  lo por Vuestra Majestad proveído y mandado[33].

…solo estamos confiados [de que] Vuestra Majestad nos hará mercedes como Rey y señor nuestro y tal que se dolerá de nuestros trabajos[34]

Y del cuestionamiento a las personas se pasó al cuestionamiento de la legitimidad de los principios: también se impugnaron las disposiciones de la metrópoli porque, con razón o sin ella, se les atribuía un origen perverso o, cuando menos, se las consideraba producto de intrigas interesadas:

Yo espero que podrá más con Vuestra Alteza la fuerza de la verdad que la malicia de personas apasionadas[35].

Van publicando muchas desvergüenzas y quejas fingidas contra esta Audiencia sólo por tener qué decir como lo han acostumbrado, sin que para ello otra causa haya, porque son de los que no quisieran ver justicia en esta tierra[36].

… en cuanto al cumplimiento de la dicha provisión, suplicamos de ella (…) ante Su Majestad (…) por muchas causas y razones suficientes: la primera, por cuanto la dicha provisión Real fue ganada con siniestra relación[37].

…de arte que los negocios de estas repúblicas, así en lo que toca a los indios como en lo demás, están harto más atrás de los que Vuestra Majestad piensa y tiene entendido[38]

Criterios como los aquí descritos no tardaron en generar una anarquía generalizada que ocultaba la verdad de los hechos, llegando a inficionar y corromper a las mismas autoridades. Sobre la preocupación por el bien común, predominaron los intereses particulares y una astuta afinidad criminal entre aquellos que los compartían:

En ninguna parte he residido donde se opugnase tanto la verdad como en este Nuevo Reino[39].

No querrían ver audiencias, ni gobernadores ni sus tenientes, sino todos ellos lejos de sí y nombrarse unos a otros por alcaldes y hacer los unos lo que los otros quisieren. Y cada uno aguarda a que le venga su año para vengar sus propias pasiones e injurias y enojos[40].

Como estas gentes son amigos de novedades y de tener cada día justicia y gobernador nuevo, pretendiendo sus intereses particulares, no faltarán pasiones y alteraciones[41].

Desde un principio estuvo latente en la Nueva Granada una deformación del ejercicio del poder, que se convirtió en un inmoral intercambio de beneficios y favores: no extraña que algunas de estas “autoridades” privilegiaran a sus amigos y se mostraran indiferentes ante las denuncias en su contra:

Son tan mal galardonados en este Reino los que sirven a Vuestra Majestad y tan gratificados los deservidores, que no sabemos qué nos decir[42].

…yo lo dije a los oidores y respondieron que ellos no sabían tal, aunque creen muchos que era más disimular que no saber[43].

Ninguno de los que hasta ahora han gobernado este reino ha mirado (…) sino quién su amigo era y más le había servido[44].

…eran los demás de muy poca confianza y todos aliados y hechos a una, de manera que pretendían que no se averiguase verdad, ni pudiese hacer justicia que es a lo que V. M. me envió[45].

Y es la gente de esta tierra de tal calidad que se somete [a] quien les ha de aprovechar y se levantan y ensoberbécense contra quien los quiere hacer vivir en orden y regla, especialmente si sienten que les faltan los poderes y se [les] acaba el término[46].

…no parece justo que (…) estén los indios en poder de gente advenediza y escribanos y procuradores, no por más [que] de haber sido amigos de los que gobernaron[47].

 

Los más benévolos excusan a los Oidores (“según mi juicio creo que querían acertar en todo”). Otros opinan que tienen buena intención, pero fallan por “la poca experiencia o la poca ciencia”, por lo que son “remisos en el corregir y negligentes en el proveer[48]. Alguno atribuye los fallos a la inexperiencia y a la falta de personal debidamente capacitado:

…como hemos estado sin tercero y ha habido falta de abogados, han por ventura entendido los vecinos, que todo su hecho es adivinar y juzgar lo que se les antoja, que ha sido otra cosa[49].

 

Dominados por los celos y por el afán de poder, ponían en peligro la equidad de la justicia, dando lugar a escandalosas rivalidades entre los mismos oidores. Por ello, les advertía el rey:

…pues tenéis entendido el inconveniente grande que es de que entre vosotros haya diferencias, vos mando que por vuestra parte procuréis de tener toda conformidad con vuestros compañeros y no deis lugar que los litigantes entiendan que estáis diferentes[50]

Otros son más duros y los acusan abiertamente de enriquecerse, explotando a los más débiles: “…estamos espantados (…) cómo no se tiene cuenta con estos letrados que acá vienen, pues todos van ricos de estas partes, especialmente de este Reino que es pobre[51].

Si el Rey está muy lejos, si sus disposiciones se guardan mal y se pasan por alto, tampoco sorprenderá el abuso de los dineros que pertenecen a la Corona. Los libros de cuentas se llevan con descuido y los pesos de oro salen sin reato de las reales cajas:

… avisamos a vuestra Majestad que los oficiales de este Reino han tenido en la caja y en sus libros un gran descuido, en el cual puede haber habido muy gran daño en vuestra Real hacienda y no se puede averiguar…[52].

…avisé del mal recaudo que los oficiales de allí tienen en la hacienda de Vuestra Majestad demás de tener el dinero fuera de la caja ocupado en sus granjerías y contrataciones[53].

Muchas veces he estado muy determinado de ir por mi persona a dar cuenta a Vuestra Majestad del mal miramiento que en esta tierra hay en las cosas que tocan a la hacienda de Vuestra Majestad[54].

En la hacienda Real de Vuestra Majestad ha habido y hay muy ruin recaudo y muy oscura y confusa cuenta, así por culpa de algunos oficiales como por poco saber de otros[55]

Todos acosan e importunan al rey y a su Consejo con la exposición de sus derechos y el reclamo de favores, no siempre justos ni ciertos, ignorando los cauces normales de la justicia de Indias y buscando subterfugios y atenuantes. Predomina, pues, la propia conveniencia:

…pocas personas veo que entera y cumplidamente hagan lo que toca al servicio de Vuestra Majestad, sino que huelgan de contentar a cualquier particular por no sé qué respetos (…). Y todos procuran de que (sic) sus negocios no vayan a este Real Consejo porque les parece que por acá se hacen más livianos (…). Todos son en estorbar e impedir lo que al servicio de Vuestra Majestad toca y en que la justicia no se ejecute[56].

… porque cuantos van de acá comúnmente van por una de dos cosas: o por seguir pasión o por propio interés; y los más van por ambas causas. Y así cada uno habla conforme a lo que pretende y si verdad dicen por una parte, la callan por otra, porque no está conforme a su intento[57].

El pretender liberarse de las legítimas y justas acusaciones, aludiendo a maniobras de los “enemigos políticos”, no es vicio nuevo. También durante el período colonial se utilizó ese mismo pretexto para descalificar a los críticos:

No entiendo esta gente ni sé qué son sus pensamientos, sino que creo que lo hacen para formar enemistad y decir que son mis enemigos; que este es un bordoncillo muy usados entre los de estas partes[58].

…el dicho licenciado (…) procuró para sus descargos infamar a todos los testigos que contra él juraron[59].

 

Como resultado de todos estos componentes, debemos registrar una realidad triste y preocupante: ante la Corte española y sus autoridades, la Nueva Granada tuvo fama de no acatar debidamente las disposiciones del Rey: “…hásenos hecho relación que no se guarda lo susodicho en esa provincia ni en las otras sujetas a esa, de que siendo así, estamos maravillados de vosotros[60]:

…como quiera que se dio la dicha nuestra cédula (…) muchos días ha, hasta ahora vos, los oidores de la Audiencia, no habíais hecho ni cumplido lo que por ella se os envió a mandar, habiendo más necesidad en esa tierra que en ninguna otra parte de las Indias…[61].

… no se guardan con ellos [los indios] las Cédula y provisiones que por Nos están dadas en su favor y beneficio[62].

Que contra los gobernadores pasados traiga el oidor (…) especial poder  pata hacer información de las cosas que contra provisiones de Su Majestad ha permitido en daño grande de estos miserables y no lo ha querido remediar siendo por mi muchas veces amonestado, por agradar a todos[63].

Avisad que ninguna provisión que sea en favor de los naturales hasta ahora se ha cumplido aunque se ha pregonado[64].

También fue conocido el Nuevo Reino por sus interpretaciones legales acomodaticias y por sus jurisprudencias muy poco ortodoxas:

…de un año a esta parte, vos, los oidores que residís en la dicha Audiencia habéis tomado por costumbre, nunca antes usada ni de derecho se puede hacer…[65].

Pedro de Colmenares, en nombre de la ciudad de Santafé, me ha hecho relación que vosotros habéis introducido costumbres nuevas contra derecho…[66].

…os habéis entrometido a conocer y conocéis, cada uno por sí, de pleitos civiles y criminales como alcaldes de Corte y los habéis de determinar y determináis no lo pudiendo ni debiendo hacer[67].

 

Pero esto no sólo se percibía desde España. Observadores imparciales y ajenos a las maniobras de los gobernantes, escriben al rey que la justicia del Nuevo Reino “había sido muy remisa en cumplir cédulas de Vuestra Majestad[68]. Algunos ciudadanos honestos registran una situación enrarecida y anómala. Refiriéndose a la Real Audiencia, escribió el obispo de Popayán: “…han sido más conquistadores para destruir los indios que jueces del Rey, de manera que parece esta tierra más tierra de Babilonia que de Don Carlos[69]. O como escriben otros, este es un Reino “desbaratado con pleitos y desventuras[70]. Hastiado de tanto mal proceder y de tanta injusticia, el obispo de Popayán, en un momento de pesimismo, escribe al Rey, proponiéndole traslado: “…me eche a donde halle delante de mí a quien predicar y me mande salir de esta mala tierra a servirle aunque sea en las galeras, pues aquí no hago provecho por ser tierra de maldados [sic][71].

En cuanto a lo que toca a esta Audiencia (…) informo a Vuestra Majestad el ruin estilo y poca autoridad en que estaba y es muy desacatada[72].

…en todo, así en los espiritual como en lo temporal, este distrito y las cosas de él están muy más atrás que otro de por acá (…) por estar muy fuera del estilo y concierto que debía tener[73].

…la licencia que los hombres por acá tienen para con los indios y en su vivir es mucha y muy desenfrenada y hay necesidad de particular remedio (…) que todo ello estaba tan informe que era lástima verlo[74].

No sería justo pensar que quienes vinieron de España podían calificarse todos de perversos y corruptos. Para entender el por qué el Nuevo Reino se convirtió en “tierra de maldados”, como se leyó en uno de los textos anteriores, es interesante lo que plantea otro documento.

Esa degradación se puede entender como resultado de una deficiente formación y como un contagio de ese ambiente enrarecido que oscureció muchos años de la vida colonial: “las gentes que acá pasan, venidas acá toman otras nuevas inclinaciones”. Los gobernantes conscientes se sorprenden ante la realidad que viven a diario y se dirigen al rey en angustiosos mensajes:

Las cosas de este distrito espirituales y temporales y públicas costumbres están muy caídas, desaviadas y fuera del concierto que deben de tener (…). Hay necesidad que Vuestra Majestad, por reverencia de Dios, vuelva por acá y convierta sus reales ojos y manos para ver lo que pasa y mandarlo reformar[75].

 

Los mismos documentos oficiales y el lenguaje al uso muestran cómo se tenía conciencia de lo que implicaban tales comportamientos; y de la gravedad de los mismos. Si el orden estaba en servir a Dios y al rey, estas actitudes de desobediencia equivalían a la inversión de todos los valores. Tenían tan clara conciencia de la irregular que era esa forma de proceder, que el lenguaje usual la calificaba como “deservicio” a Dios y al Rey:

… para que Nuestro Señor y Vuestra Majestad no sean tan ofendidos y deservidos[76].

…tened el cuidado y diligencia que de vosotros confiamos y que se haga y se cumpla así como se os ordena, porque de lo contrario Nos tendríamos por deservidos…[77].

…porque de lo contrario entendemos que Dios y Vuestra Majestad son deservidos y nuestras conciencias no están seguras[78].

Por más que todas estas expresiones se lean con mesura, intentando rescatar lo que haya de objetividad de ese mar de enemistades y pasiones, debe reconocerse que la situación de la Nueva Granada en estos primeros años de la Colonia no era ningún paraíso terrenal: “está este Reino y toda la gente de él honrada tan tristes y descontentos que están por dejarlo”[79].

… principalmente (…) en desacato de justicia y grande indevoción pública y en deservir a Dios, especialmente por el mal ejemplo que a estos naturales se da[80].

…tierra donde creo se verificará lo que en ella yo dije luego como entré en ella, que ni allí entró Dios ni entrará si no le abren la puerta mejor que hasta ahora[81]

 

Todas estas limitaciones y carencias se vieron agravadas forzosamente por la falta de recursos. El mismo rey da testimonio de lo que sucede en Santa Marta: “no tiene propio ninguno, a cuya causa dejan de hacer muchas cosas tocantes y cumplideras al bien común[82]. Pero para que no se piense que se trataba de un caso aislado, hay testimonio de similares penurias en Santafé, Pamplona, Ibagué, Tocaima, San Sebastián de Mariquita y Neiva[83]… Las iniciativas de la administración colonial neogranadina estuvieron permanentemente condicionadas por la pobreza de recursos…

Y, transcurridos los primeros años, la experiencia comienza a imponerse: la realidad de las Indias es diferente. Por más que algunos se empecinen, los problemas locales no pueden atenderse con las soluciones que se han propuesto hasta ahora. Sorprende cómo desde estos años hay un diagnóstico profundo de lo que está sucediendo; y, en consecuencia, se proponen soluciones, muy distintas a lo que hasta ahora han hecho los conquistadores, gobernadores y oidores: “el remedio será enviar santísimos prelados, santísimos jueces y magistrados y celosísimos ministros del Evangelio”. Por primera vez se ve con lucidez que no cualquiera está capacitado para pasar a las Indias, pues hasta la actuación del más modesto y sencillo va a tener repercusiones. Y aunque hoy puedan llamarnos la atención estas referencias a un comportamiento evangélico de santidad, lo que aquí se quiere resaltar es la importancia de unos sólidos principios morales, que no alteren al vaivén del propio beneficio:

 No todos son para las Indias ni se habían de enviar acá sino hombres de gran ejemplo y buenos prelados y buenos jueces, buenos pobladores y todos buenos, porque hasta el más ruin grumete que viene acá es parte con su buen o mal ejemplo para ayudar al Evangelio o desayudarle[84].

 Y contra lo que podría esperarse de la autosuficiencia del colonizador, se pide al rey que el presidente de la Audiencia sea persona “que entienda de las cosas de estas partes”[85]. La importancia de la distancia, como categoría para explicar muchos fenómenos coloniales, se ratifica por conceptos estos:

…que de aquí en adelante se acabe de entender por allá que para acá se ha de escoger mejor y no las obras baladíes que por allá bastan, como quiera que la presencia del rey lo suple todo. Y como digo, hay necesidad de reformar esta Audiencia que está muy caída y desautorizada[86].

“…lleva las cosas [Grajeda] con gran cordura y miramiento y autoridad, que la de esta Audiencia había andado lisiada hasta ahora, que con su venida lo ha puesto todo en otro ser[87].


[1] CEPEDA ADÁN, José. Los españoles entre el ensueño y la realidad (págs. 29-70), en: Menéndez-Pidal, Ramón. Historia de la Cultura española. El siglo del Quijote. Tomo I. Madrid, Espasa, 1996, pág. 45.

[2] OSPINA,  William. Las auroras de sangre. Bogotá. Editorial Norma, 2007 (2ª ed.), pág. 67.

[3] MENÉNDEZ PIDAL, Ramón. Los españoles en  la Historia y en la Literatura. Dos ensayos. Buenos Aires. Espasa Calpe Argentina S. A.,  1951, pág. 109.

[4] ARCILA ROBLEDO, Gregorio, Fray, Estudio Preliminar a: FRAY PEDRO SIMÓN. Noticias Historiales. Tomo I. (Edición dirigida por Manuel José Forero. Bogotá.  Biblioteca de Autores Colombianos n° 44. Editorial Kelly. 1953, pág. 43).

[5] FRIEDE, Juan. Fuentes documentales para la Historia del Nuevo Reino de Granada desde la instalación de la Real Audiencia en Santafé. Tomo III (1556-1559). Bogotá. Biblioteca Banco Popular, Vol. 91. Editorial Andes, pág. 81. Carta de los licenciados Briceño y Montaño al rey (Santafé, 26 junio1556).

[6] FRIEDE, Juan. Fuentes documentales para la Historia del Nuevo Reino de Granada desde la instalación de la Real Audiencia en Santafé. Tomo I (1550-1552).  Bogotá, 1975. Biblioteca Banco Popular, n°89. Editorial Andes, pág. 79. Carta de Jerónimo de Aguayo al emperador, (Sin fecha).

[7] FRIEDE, Juan. Fuentes documentales para la Historia del Nuevo Reino de Granada desde la instalación de la Real Audiencia en Santafé. Tomo II (1553-1555). Bogotá. Biblioteca Banco Popular, Vol. 90. 1975, pág. 217. Carta del obispo de Popayán al rey (Popayán, 23 diciembre 1554)

[8] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 82. Carta del licenciado Briceño al emperador (Santafé, 16 julio 1556).

[9] FRIEDE, Juan.  F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 38. Carta de fray Juan de Soto al rey (3 febrero 1553).

[10] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 284, Carta del licenciado Grajeda al rey (Santafé, 29 noviembre 1558).

[11] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 46. Carta de Bartolomé González al rey (Santafé, 30 abril 1556).

[12] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 142.  Carta de los oficiales reales de Santafé al emperador (Santafé, 1 abril 1557).

[13] HENAO, Jesús María. Prólogo a: RODRÍGUEZ FREILE, Juan. El Carnero. Con prólogo, anotaciones e índice alfabético por Jesús M. Henao. Bogotá. 1935. Librería Colombiana Camacho Roldán & Cía., S. A., pág. 17.

[14]  FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I. Ob. cit., págs. 92-93. Carta de Sebastián de Mangaña, Andrés Moreno y Luis de Guevara al rey (Cali, marzo 1551).

[15] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág.63. Carta del emperador a Juan Maldonado, en la Audiencia del Nuevo Reino (Valladolid. 11 agosto 1553).

[16] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II. Ob. cit. pág. 181. Carta de los oidores Briceño y Montaño al rey (Santafé. 18 junio 1554).

[17] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 99. Carta de Cristóbal de San Miguel al emperador (Santafé, 1 abril 1551)

[18] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., págs. 74-75. Carta de Jerónimo de Aguayo (sin fecha).

[19] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág.  211. Carta de los licenciados Góngora y Galarza al rey (Santafé, 12 abril 1552).

[20] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 137. Carta de Luis Lanchero al rey (sin fecha).

[21] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 224. Carta del obispo Juan del Valle a la Audiencia de Santafé (Popayán, 23 diciembre 1555).

[22] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II. Ob. cit., pág. 81 (Carta del príncipe a Juan Maldonado, fiscal de la Real Audiencia. Valladolid, 28 octubre  1553).

[23] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., págs. 21 y 24. Informe del Licenciado Zorita al emperador (Santa Marta, 27 febrero 1550).

[24] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 32. Carta de Fray Jerónimo de San Miguel al emperador (Santafé, 20 agosto 1550).

[25] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 221. Carta del licenciado Grajeda al rey (Santafé 11 enero 1558).

[26] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 374. Carta de Cristóbal de San Miguel y Pedro de Colmenares al rey (Santafé, 25 octubre 1559).

[27] Recopilación de las Leyes de los reynos de las Indias. Tomo I. Madrid. Julián de Paredes.1681. Libro I, Título VII, Ley XIII. Ob. cit., fol. 33 R.

[28] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 19. Carta del Licenciado Zorita al emperador. (Santa Marta 27 febrero 1550).

[29] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit.., pág. 19. Carta del Licenciado Zorita al emperador. (Santa Marta 27 febrero 1550).

[30] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 34. Carta de Fray Juan de Soto al rey (3 febrero 1553).

[31] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 186. Carta del Oidor Montaño al emperador (Cartagena, 21 julio 1554).

[32] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág.  191. Carta del Licenciado Tomás López al Consejo de Indias (Santafé, 20 diciembre 1557).

[33] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 138, Carta de Juan Lanchero al emperador (Sin fecha).

[34] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 40. Carta de los ciudadanos de Santa Marta al rey (Santa Marta, 25 abril 1556).

[35] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 40. Carta de fray Jerónimo de San Miguel al emperador (Santafé, 20 agosto 1550).

[36] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 48. Carta de los licenciados Galarza y Góngora al emperador (Santafé 10 noviembre 1550).

[37] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 194. Testimonio ante escribano sobre las minas de Pamplona. (S. f.).

[38] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III. Ob. cit., pág. 209. Carta de Tomás López al rey (Santafé, 10 enero 1558).

[39] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 28. Carta de fray Juan de Soto al rey (3 febrero 1553).

[40] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 20. Carta del licenciado Zorita al emperador. (Santa Marta 27 febrero 1550).

[41] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. Cit., pág. 42. Carta de los licenciados Galarza y Góngora al emperador (Santafé 10 noviembre 1550).

[42] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III. Ob. cit., pág. 147. Carta de los oficiales reales de Santafé al emperador (Santafé, 1 abril 1557).

[43] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 37. Carta de fray Jerónimo de San Miguel al emperador (Santafé, 20 agosto 1550).

[44] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., págs. 37-38. Carta de fray Jerónimo de San Miguel al emperador (Santafé, 20 agosto 1550).

[45] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 110. Carta del licenciado Zorita al emperador. (Cartagena, 28 abril 1551).

[46] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., págs. 120-121. Carta del licenciado Zorita al emperador. (Cartagena, 28 abril 1551).

[47] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág., 38. Carta de fray Jerónimo de San Miguel al emperador (Santafé, 20 agosto 1550).

[48] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II. Ob. cit., pág. 34. Carta de fray Juan de Soto al rey (3 febrero 1553).

[49] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III. Ob. cit., pág. 80 Carta de los licenciados Briceño y Montaño al emperador (Santafé, 26 junio 1556).

[50] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III. Ob. cit., pág. 346. Carta del rey al oidor Maldonado (Valladolid, 15 julio 1559).

[51] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 133 Carta de Luis Lanchero al emperador (Santafé, 1 de marzo de 1554).

[52] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II,  Ob. cit., pág. 176. Carta de los licenciados Briceño y Montaño al rey (Santafé ,18 junio 1554).

[53] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 182. Carta del licenciado Montaña al rey (Cartagena, 21 julio 1554).

[54] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 50. Carta de Bartolomé González de la Peña al rey. Santafé, 30 abril 1556).

[55] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 211. Carta de Tomás López al rey (Santafé, 10 enero 1558).

[56] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 239.  Carta del Licenciado Zorita al Emperador (Santo Domingo. 23 septiembre 1152).

[57] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo IIOb. cit., págs. 37-38.  Carta de Fray Juan de Soto al Rey (Santafé, 3 febrero 1553).

[58] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 124.  Carta del licenciado Zorita al emperador (Cartagena, 28 abril 1551).

[59] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 54. Carta de Hernando de Ávila al rey (sin fecha).

[60] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 163.  Carta del príncipe a la Audiencia del Nuevo Reino de Granada (Valladolid, 4 septiembre 1551).

[61] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 323. Carta del rey a la Audiencia de Santafé (Valladolid, 11 septiembre 1555).

[62] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 29. Carta del rey a la Real Audiencia de Nueva Granada (Valladolid, 27 enero 1556).

[63] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 244. Petición de Francisco González ante el licenciado Grajeda (Santafé, 2 abril 1558)

[64] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 243. Petición de Francisco González al licenciado Alonso de Grajeda (Santafé, 2 abril 1558)

[65] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 296. Carta del rey a la Real Audiencia del Nuevo Reino (Valladolid, 30 agosto 1555).

[66] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II.  Ob. cit., pág. 331. Carta del rey a la Real Audiencia del Nuevo Reino (Valladolid, 14 septiembre 1555).

[67] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 330. Carta del rey a la Real Audiencia del Nuevo Reino (Valladolid, 14 septiembre 1555).

[68] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 202. Carta del deán Juan Pérez Materano (Cartagena, 30 julio 1554).

[69] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 117.  Carta del obispo de Popayán al rey (Cali, 8 enero 1554).

[70] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 139. Carta de personalidades de Tocaima al rey (25 marzo 1554).

[71] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 299. Carta del obispo Juan del Valle al Consejo de Indias (Popayán, 30 agosto 1555).

[72] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 210. Carta de Tomás López al rey (Santafé 10 enero 1558).

[73] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 173. Carta del licenciado Tomás López al rey (Santafé, 1 octubre 1557).

[74] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 320. Carta del licenciado Tomás López al rey (Cali, 8 mayo 1559).

[75] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 389.  Carta del licenciado Tomás López al rey (Santafé, 28 octubre 1559).

[76] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 110.  Carta del licenciado Zorita al emperador (Cartagena, 28 abril 1551).

[77] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 164. Carta del príncipe a la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada (4 septiembre 1551).

[78] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., pág. 171.  Cartas de los licenciados Briceño y Montaño al rey (Santafé, 18 junio 1554).

[79] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 47. Carta de Bartolomé González al emperador (Santafé, 30 abril 1556).

[80] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 183. Carta del licenciado Tomás López al Consejo de Indias (Santafé, 20 diciembre 1557).

[81] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 265. Carta del licenciado Tomás López al Consejo de Indias (Cali, 4 julio 1558).

[82] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo I, Ob. cit., pág. 243. El rey a la Real Audiencia del Nuevo Reino (Monzón, 10 de octubre de 1552).

[83] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo II, Ob. cit., págs. 369-370.  Constancia de las cédulas respectivas, con el otorgamiento de bienes para las rentas municipales.

[84] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 183. Carta del licenciado Tomás López al Consejo de Indias (Santafé, 20 diciembre 1557).

[85] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 189. Carta del licenciado Tomás López al Consejo de Indias (Santafé, 20 diciembre 1557).

[86] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., págs. 186-187. Carta del licenciado Tomás López al Consejo de Indias (Santafé, 20 diciembre 1557).

[87] FRIEDE, Juan. F D H N R G, Tomo III, Ob. cit., pág. 230.  Carta de Juan Muñoz de Collantes al rey (Santafé, 20 febrero 1558).

Revista Semana. Las Carreras de la Nueva Granada en publicación. En: ‘El correo en Colombia’ Disponible en línea: https://www.flickr.com/photos/negromemin/16073352378/in/photostream/

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