Cédulas Reales Universidad del Rosario

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La lectura de cátedras en el Rosario

Elkin Saboya

Plan del artículo: 1. Según la mente de fray Cristóbal. 2. Según la mente de Moreno y Escandón. 3. Salamanca y la polémica sobre el dictado. Apéndice: las Constituciones nuevas.

Una institución centenaria como el Colegio del Rosario es escenario de prácticas de toda clase, principalmente didácticas. En los documentos de su fundación se puede rastrear lo referente a la disposición de la clase y la manera de enseñar. Allí se destacan las prácticas de leer, oír la lección y tomar notas.

Ese sería el punto de partida: la fundación del Rosario, mediados del siglo XVII. Luego, en la centuria siguiente, se menciona las prácticas escolares para censurarlas, en el plan de Moreno y Escandón. A esas alturas es forzoso preguntarse por los antecedentes del modelo, que por supuesto es de origen peninsular y, en últimas, europeo. Cerramos con la mención de prácticas docentes en las Constituciones nuevas, ya en el siglo XIX. Es decir, revisamos modelos de educación en el espacio de dos siglos largos.

Según la mente[1] de fray Cristóbal.

En la propia cédula de fundación queda claro que el objeto del Colegio es solucionar “la gran falta que ay en aquel Reyno de personas que lean la dotrina de santo Thomas, y la Jurisprudencia, y medicina”. El rey, entonces, notando la “utilidad espiritual y temporal”, otorga licencia para fundar un instituto en “que estudien las dichas ciencias, leyendose en el collegio por perssonas graduadas en estas facultades, para que las oigan y estudien los collegiales”. La cédula aclara que los colegiales del Rosario “no han de haçer cuerpo de universidad”, luego no había perjuicio a las otras religiones que ejercían la docencia en la ciudad”[2].

Queda, pues, aprobado el proyecto del señor Torres. Poco alcanzará a ver de la realización material de su idea, muerto en el primer año de funcionamiento del Colegio.

En las propias Constituciones (T. III C. 7) se prevé que, terminadas las obras de los edificios, deben fundarse nuevas colegiaturas. Al efecto se fija una cantidad de cien pesos por individuo, “que bastan para el sustento decente y el socorro de sus necessidades”, indicando que se compre “ante todas cossas el curso de Artes, que compuso el reverendisimo padre maestro fray Juan de Sancto Thoma”, junto con “las partes de sancto Thomas con sus adiciones”. Dichos libros eran propiedad del Colegio y allí debían permanecer (“en los Aposentos de los collegiales”), de suerte que los sucesores tengan “libros competentes para el estudio de Artes y Theologia; y se podra escussar el escrivir, con que tendran mas brebes, y multiplicadas notiçias de las materias”.

El citado texto sugiere dos elementos: lectura privada de las materias, en los aposentos, y explicación magistral, en clase.

Sobre la distribución del tiempo, la primera lección era de ocho a diez; la segunda, de dos a cuatro (T. IV C. 1); luego se prescriben dos horas de estudio y una de conferencia. Es decir, cuatro horas magistrales, dos a cargo del discípulo y una de discusión, sin que conste quién la dirigía.

De los catedráticos dispone varios puntos. Principalmente, ajustarse con la doctrina de santo Tomás, “excepto en lo que perteneze a la materia de la concepcion inefable de nra. Señora” (T. V C. 1). Se reserva, como con los primeros colegiales, el nombramiento de los catedráticos fundadores (T. V C. 2)[3].

El Fundador mandó que, faltando él, las cátedras se llenaran por oposición, cuando ya hubiese individuos suficientemente instruidos. Solo podían oponerse a ellas colegiales y convictores (T. V C. 2). Insiste en la compra del Curso de Artes, de Juan de Santo Tomás[4] (T. V C. 3) para colegiales y convictores; para que “auiendo suficiente numero de estos libros, lean los cathedraticos en voz”, según se hacía en la provincia de España (en su tiempo, fray Cristóbal estudió “oiendo en voz” el curso de Domingo de Soto[5]); y así rindieran más los tres años de clase. Si el tratado de Juan de Santo Tomás era básico y recomendado para cada estudiante, el de Domingo Báñez[6] le seguía, pero ya en número reducido; como quiera que “los discipulos estaran muy capazes, y leiendoles tres vezes la licion saldran señores della, y la podran escrivir en sus aposentos” (T. V C. 3). Esto es clave, pues parece indicar que no se desea la práctica del dictado, sino que el estudiante redacte luego una especie de resumen de clase.

Del pénsum, manda que las Artes de santo Tomás sean prerrequisito para oír cualquier facultad, Teología, Medicina o Leyes (T. V C. 5). Más abajo (T. V C. 7), dispone que se lea en voz un artículo de santo Tomás por clase. Así que, “para conseguir con suavidad este fin”, colegiales, convictores y profesores debían tener las partes de santo Tomás con sus adiciones. Es decir, estando todos en posesión del original, al catedrático correspondía la explicación, glosa o “legitima intelligençia” (T. V C. 9).

En principio, los profesores debían ser seculares, faltando laicos que sirvieran las cátedras. Confiaba el Fundador en formar sujetos capaces en la doctrina tomística, “a la qual ninguno puede llegar, sin auer sido Lector muchos años” (T. V C. 10).

Resumiendo, el Fundador deseaba que profesores y alumnos tuvieran libros, que aquellos emplearan la cátedra para explicar los autores y que estos guardaran apuntes de las lecciones. No hay referencia explícita al dictado.

Según la mente de Moreno y Escandón.

Ha pasado un siglo largo desde la fundación del Rosario. No solo eso: la Compañía de Jesús, una de las religiones que monopolizaban la educación en Nueva Granada, queda proscrita de España y sus dominios, por decreto de 1767[7].

Expulsados aquellos, queda un vacío que puede llenarse muy bien con educación pública, desvinculada de las religiones. Francisco Moreno, formado en San Bartolomé, fiscal de la Real Audiencia y encargado de la aplicación de las temporalidades[8] de la Compañía, no ve mejor destino para ellas que la fundación de “estudios generales” en universidad pública[9]. Así lo comunica por escrito a la Audiencia, en su famoso Plan de 12 de septiembre de 1774, que venía trabajando al menos desde el año de 68[10]. Allí, luego de esbozar el pensum, trae una sección de nuestro interés, llamada “Reglas generales”. Principia así:

Sería muy conveniente desterrar radicalmente de ambos colegios la nociva costumbre de dictar los maestros las lecciones, haciéndolas escribir a los discípulos, según lo acordado para las universidades de España[11], con que se ocurría al inconveniente de que se introdujese por este medio alguna relajación, mezclando materias opuestas al espíritu del método establecido.

El fiscal nos da las claves del asunto: en su época, estaba bien asentada la práctica del dictado. Se trataba de un modelo español cuyo objeto era prevenir la heterodoxia o, en términos del autor, evitar la introducción de “materias opuestas al espíritu del método establecido”.

El propósito de Moreno chocaba contra la realidad de que no había libros: ni siquiera ortodoxos. Debían, entonces, los dos colegios (San Bartolomé y Rosario) producir un manual propio o mandarlo traer de España. Hecho notable, sobre todo para el Rosario, habida cuenta de que el Fundador puso en sus Constituciones lo referente a adquisición de libros, hacía más de un siglo.

Insiste Moreno en ello, por obvias razones: que los cursantes “se liberten de la pensión de escribir y no malogren el tiempo que han consumido inútilmente en la escritura”. Se aparta de fray Cristóbal en que el costo del libro iba a cargo del cursante. Mas el nuevo método no solo abogaba por el uso del tiempo, sino también por el remplazo de técnicas deductivas (más acordes con el escolasticismo) por inductivas, relacionadas con la experiencia[12].

Recapitulando, tenemos un sistema educativo viciado por la práctica del dictado, pero que no puede remediarlo por la misma escasez de libros. Hecho notable en un reino que iba a completar dos siglos de enseñanza superior. Moreno, el gran reformador de la educación colonial, pensaba prácticamente lo mismo que el señor Torres, cuando fundó su establecimiento[13]. Mas apenas pudo ver su plan aplicado un escaso lustro (1774-9).

Ese ánimo reformador ya se conocía en la metrópoli. En España, como aquí, enfrentó la resistencia de los intereses religiosos. Luego, los sucesos de la Revolución francesa hicieron que la monarquía dejara de patrocinar sus reformas, anteponiendo su propio beneficio al general.

En el caso local, Moreno y Escandón contó con el apoyo de dos virreyes, Messía de la Cerda y Guirior. En el mando de Flórez (1776-82), la prioridad era la defensa del reino; de suerte que no extraña que su visitador, Gutiérrez de Piñeres, haya sido el encargado de verificar la contrarreforma educativa[14].

Salamanca y la polémica sobre el dictado.

Hecho correlativo al dictado es la toma de apuntes, que vienen a formar lo que tradicionalmente se ha llamado cartapacio[15]. Dando dos pasos atrás, tenemos que, en el s. XVI, hubo una curiosa polémica sobre el dictado.

Un documento real, citado en la Historia pragmática[16] salmantina (522-3), fechado en 1567, manda que los “letores juristas no leyesen ditando ni dando por escrito”, por ser perjudicial a estos y a los estudiantes. Sin embargo, la prohibición no es absoluta, como quiera que se les permite que “escriuan e tomen por memoria algunas de las cotas e alegaciones” para fines nemotécnicos.

Años después, resulta que nada se ha cumplido (553). El visitador real denuncia que los “doctores y cathedraticos juristas y los pretensores de cathedras de las dichas facultades” antes han contravenido “leyendo las leciones de cathedras y otras de extraordinarias dictando por papeles y cartapacios y dando por escripto la lecion a sus oyentes y demas teoricas gastando en esto casi la mayor parte de las horas”. Los perjuicios que de ello se derivan no son otros que la inasistencia de los estudiantes y el descuido del ejercicio de la memoria.

Dichas prácticas estaban prohibidas ya en los estatutos de 1561. En el Título XXI (265-6) se ordena que “los lectores de qualquier facultad que sea no lean por cartapacio ni quaderno ni papel alguno ni dictando”; si bien la conclusión, acotaciones y elementos principales sí podían repetirse. Asimismo, debían los catedráticos emplear el latín, excepto los de Música, Astrología y Gramática de menores.

Se le atribuye la introducción del dictado en Salamanca a Francisco de Vitoria, importado de París[17]. Método que en sí no era nocivo, pero que podía resultar en excesiva pérdida de tiempo en clase o, en el peor de los casos, en el ausentismo y en un “aprendizaje a distancia”, confiado en los apuntes.

Respecto del motivo de la censura al dictado, Ramírez[18] indica que, en el caso salmantino, hubo las expresadas razones pedagógicas y otras ideológicas, tendientes a evitar la heterodoxia. En fin, para 1594[19] se acordó que tres cuartas partes de la lección se gastaran en exposición fluida del catedrático y la restante en dictado: “declarando y disputando viva voce in fluxu orationis (…) y que en todo este tiempo no pueda ningún oyente escribir cosa alguna, ni el catedrático o lector lo consienta, para que pueda leer con grande aplauso y atención”; a continuación, un espacio para la recapitulación o “teórica”, posiblemente destinada a la copia. A sus homólogos de Teología se les permitía invertir el tiempo al contrario. En 1771, sin embargo, se prohíbe incluso la “breve teórica”[20].

Apéndice: las Constituciones nuevas.

Luego del vistazo a la fundación del Colegio, brincando al Plan de Moreno y Escandón, y retrotrayéndose a los antecedentes peninsulares, falta por ver lo que disponen al respecto las Constituciones nuevas[21].

Título V 2, Del orden y modo de enseñar. “(…) Cúmplase lo mandado por el Fundador sobre que los catedráticos lean en voz sus lecciones en las aulas; porque la experiencia y la práctica de las universidades y colegios europeos tiene enseñado que las lecciones aprendidas de memoria y el culto supersticioso a los libros de texto antes esterilizan que fecundan la inteligencia de los jóvenes”. Hay, sin embargo, libro de texto, que deben poseer los estudiantes, para que “les sirva de índice o derrotero para sus lecciones, y los habitúe al lenguaje de los libros”. Aquí la novedad: “El catedrático les señalará cada día lo que deben estudiar para el siguiente; les preguntará lo estudiado, procurando no contesten de memoria”, procediendo a explicar la materia y debatir con los estudiantes.

Conclusión.

Si la mente del Fundador consistía en la formación magistral, acompañada de buenos libros, vimos que su propósito no se había verificado la centuria siguiente, cuando Moreno y otros clamaban por la reforma de métodos y prácticas docentes. Las Constituciones nuevas reflejan un ambiente más cercano al nuestro: el libro como herramienta de clase, cuyos protagonistas son profesor y estudiantes, discutiendo el sentido de los autores tratados.

Respecto de los fines de la educación, notamos cierta continuidad: fray Cristóbal necesitaba divulgadores de la doctrina de santo Tomás, no menos que abogados y doctores; es decir, miraba por la formación de seculares y laicos. Este último propósito lo comparten los voceros de la Ilustración: “educar a los hombres que han de servir al Estado”, según la definición de Pablo de Olavide[22]. Si el objeto es formar predicadores y funcionarios, a quienes conviene el dogmatismo, entonces resulta destacable la frase del rector Carrasquilla, asimismo hombre de Iglesia: “El culto supersticioso a los libros de texto antes esteriliza que fecunda la inteligencia de los jóvenes”.

 

 


 

[1] El Diccionario de autoridades (1726-39) define mente como “sentido, inteligencia u objeto de alguna cosa: como la mente de la ley”.

[2] Licencia al arzobispo de Santafé para fundar en aquella ciudad un colegio etc. Madrid, 31-12-1651; f. 1r-v.

[3] Cabe preguntarse de dónde sacó los catedráticos para dichas facultades.

[4] En la biblioteca antigua del Rosario existen sus Cursus theologici (E18N060 V.1; E03N095; E04N055 V.1; E15N072 V1; E29N034 V.1-T2(1)), sobre ambas partes de santo Tomás; Naturalis philosophiae (E02N113; E06N022 V.3), Cursus philosophicus Thomisticus (E03N072), De incarnatione (E05N061); nueve libros en total. Nótese que ninguno era del Fundador.

[5] Suyos hay De iustitia et iure libri decem (E04N076 V.1-2; E07N076; E09N070; E14N073) y comentarios al libro cuarto de las Sentencias (E18N067; E12N056 V.1; E12N057 V.2). Tampoco eran del Fundador.

[6] Del autor quedan varios comentarios escolásticos a santo Tomás (ocho volúmenes) y un De iure et iustitia decisiones (E03N091). Dos comentarios a la primera parte del Aquinate eran del señor Torres.

[7] Fecha en que principia la reforma universitaria peninsular: Sevilla, Alcalá y Salamanca. Todo el contexto en Diana Soto, La reforma del plan de estudios del fiscal Moreno y Escandón, 1774-79. Bogotá: Centro Editorial Universidad del Rosario, 2004.

[8] Temporalidad: el fruto que cogen los eclesiásticos de sus beneficios o prebendas (Dicc. de autoridades).

[9] No solo desligada de las religiones, sino con gobierno dependiente del propio claustro universitario, como de hecho se verificaba en el Rosario. Soto, D. La reforma del Plan de estudios etc., pp. 40-1.

[10] Hernández de Alba, G. Documentos para la historia de la educación en Colombia. Bogotá: Patronato Colombiano de Arte y Ciencias, 1969. Los documentos pertinentes son: Proyecto para la erección en Santafé de Bogotá de una Universidad de Estudios Generales etc. (9-5-68; pp. 26 ss); Segundo memorial del fiscal Moreno y Escandón para ratificar y defender su proyecto etc. (2-12-69; pp. 77 ss); Acta de la Junta de Temporalidades por la cual se aprueba el Plan de aplicaciones del fiscal Moreno y Escandón etc. (4-12-71; pp. 152 ss); siguen los alegatos de las religiones que se consideraban perjudicadas con el Plan; Método provisional e interino de los estudios que han de observar los colegios de Santafé etc. (12-9-74; pp. 195 ss).

[11] En efecto, la Acordada del Consejo para la formación de los Planes en todas las Facultades manda, respecto de la Universidad de Alcalá, que “ninguna Facultad, ni Cátedra, se ha de dictar, ni escribir, y que en todas se ha de estudiar, y explicar por los libros” que la Universidad debía proponer, mientras produce obras mejores, “que es lo que principalmente debe hacerse en las Universidades”. Citado por Soto, La reforma del plan de estudios etc., p. 7.

[12] Soto, D. La reforma del Plan de estudios etc., p. 56.

[13] En materia de método, pues ideológicamente chocaba con el propósito del Fundador de divulgar la doctrina tomística. Así lo notó el rector Manuel Caicedo y los colegiales, con la consiguiente oposición a la reforma. Consta, sin embargo, que los catedráticos siguieron el nuevo plan. Cf. Soto, D. La reforma del Plan de estudios etc., pp. 65 ss.

[14] Soto, D. La reforma del Plan de estudios etc. El Plan de Caballero y Góngora (1787) insiste en los mismos defectos de la educación.

[15] “Cartapacio, el libro de mano en que se escriuen diuersas materias, y propositos: o el quaderno en que vno va escriuiendo lo que dicta su maestro desde la catedra”, según la definición de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, 1611.

[16] Historia pragmática e interna de la Universidad de Salamanca por Enrique Esperabé. Salamanca: Francisco Núñez Izquierdo, 1914.

[17] Montes, J. “La formación académica del estudiante salmantino en la edad moderna”. En: Vida estudiantil en el antiguo régimen.

[18] Ramírez, C. “La polémica en torno al dictado en la Universidad de Salamanca durante el siglo XVI”. En: Aulas y saberes: 6.0 Congreso Internacional de Historia de las Universidades.

[19] Alejo, F. La reforma de la Universidad de Salamanca a finales siglo XVI: los estatutos de 1594. Salamanca, 1990.

[20] Peset, M. y Peset J. Carlos IV y la Universidad de Salamanca. Madrid: CSIC, 1983.

[21] Constituciones nuevas, 1893. Citamos por la edición de Ovidio Oundjian, 1961.

[22] Citada por Soto, D. La reforma del Plan de estudios etc., p. 37.

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