Cédulas Reales Universidad del Rosario

Artículos

Enseñar y practicar la medicina:
obstáculos y esfuerzos en Santafé, siglo XVII

Marcela Camargo Mesa
Asistente de investigación Archivo Histórico Universidad del Rosario

A la luz de varias cédulas reales emitidas por la Corona española en el siglo XVII, se pretende elaborar un panorama de la enseñanza y la práctica de la medicina en Santafé: intentos, fracasos, discusiones sobre la utilidad de la profesión y las demandas de la sociedad en materia de salud, entre otros temas.

Los comienzos de la enseñanza de la medicina en Santafé fueron interrumpidos constantemente por distintas condiciones del contexto económico, social y cultural del Nuevo Reino de Granada: las instituciones educativas tenían recursos limitados para dedicarse a esta tarea y, por su parte, la sociedad santafereña, culturalmente diversa, no tenía una demanda clara por las prácticas de la medicina occidental.

Al verse interrumpida la enseñanza de la medicina traída por los españoles, el proceso de establecer lugares y personas educadas en los trabajos de la salud se prolongó en el tiempo. Un proceso interesante que se evidenció en este lapso temporal fue la mezcla de las prácticas de la medicina occidental, nativa y africana, que terminaron por confluir en distintas expresiones de la medicina popular, que por largo rato suplieron la atención de la salud en el reino. Como caso particular en este proceso inicial de la enseñanza de la medicina, en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, fundado en Santafé en 1653, se dispuso la apertura de esta cátedra, junto con la de Teología y la de Cánones o leyes. El Colegio Mayor del Rosario y la universidad de la Compañía de Jesús eran, en este contexto, las únicas instituciones de educación del reino, y donde se planteó el reto de formar médicos.

A pesar de la iniciativa, de la voluntad del fundador del Colegio Mayor y de la voluntad de Felipe IV , rey de España (quien dio la licencia para fundar el Colegio contemplando las tres cátedras mencionadas antes, en su cédula real de 31 de diciembre de 1651), la cátedra de medicina en el Rosario no llegó a fundarse. La cédula citada dice:

(…) se me ha representado que movido de la gran falta que hay en aquel Reino de personas que lean la doctrina de Santo Tomás y la jurisprudencia y medicina, para que estudien estas ciencias, los que se inclinaren a ellas, y haya en cada una hombres doctos que las usen y ejerzan como conviene. Había hecho una casa (Fray Cristóbal de Torres) con sus oficinas muy capaces y situado cinco mil pesos de renta en cada un año para fundar un colegio donde haya quince colegiales, más o menos conforme creciere la renta, que estudien las dichas ciencias (…)1(AHUR, 1651).

Uno de los intentos fallidos.

Casi veinte años después de la fundación del Colegio Mayor, se emitió una nueva cédula real, desde el Consejo de su majestad en España en 1673, esta vez con el nombre de la “Reina Governadora”, quien pedía nuevamente la apertura de una cátedra de medicina en el Colegio y el nombramiento de Juan Francisco Páramo como médico del reino y catedrático.

A pesar de este nuevo llamado, la cátedra de medicina no se inauguró en el Colegio Mayor del Rosario en el siglo XVII. ¿Por qué no se obedecieron las órdenes de los reyes Felipe IV ni las de Mariana de Austria sobre la apertura de dicha cátedra?

Mariana de Austria, la Reina Gobernadora, fue la gobernante regente de los reinos de España tras la muerte de su esposo Felipe IV y mientras su hijo Carlos II no tuviera edad suficiente para reinar, entre los años de 1665 y 1675.

En su mencionada cédula de 1673 se hablaba, en primer lugar, de la situación de la práctica médica en el Nuevo Reino de Granada: esta se hallaba bajo un estricto control por la Real Audiencia de Santafé; en segundo lugar, se encontraba en la cédula la resolución ofrecida por parte de la reina (porque las cédulas expresaban órdenes, solicitudes, decisiones, mandatos etc…): una medida para subsanar la falta de médicos calificados en este reino.

La Real Audiencia de Santafé había reconocido a los despachos médicos que sí cumplían con las reglas, a través de un examen que debían tomar los practicantes para probar sus capacidades. Aquellos que no cumplieran con las exigencias establecidos por la cédula de Felipe III (de 13 de septiembre de 1621) tenían prohibido practicar la medicina “por no tener los requisitos que disponen las leyes y la cedula citada de haber cursado la facultad de mediçina y el grado de universidad aunque tenian lizençia de Protomedicos”2. Este estricto control se dio en respuesta a los permisos que estaban concediendo los provisores y el cabildo de Santafé para el oficio de médicos sin estudios.

Y ¿cuáles eran las reglas por cumplir para ser un médico calificado en los reinos españoles?

Pues según las leyes vigentes para el siglo XVII que se están estudiando, para ser médico se debían cumplir los siguientes requisitos:

  • Ser bachiller en medicina
  • Haber presentado el examen requerido por la Ley Real
  • Haber sido presentado y examinado por el protomédico y los examinadores
  • Haber practicado dos años al lado de médicos y cirujanos de renombre (Ceballos, 2002 , pág. 125)

Para obtener el título de bachiller en medicina era necesario haber ganado antes el de bachiller, es decir, haber realizado los estudios en artes liberales. Se proseguirían, a continuación, los estudios para obtener el título de bachiller en medicina, conducentes al título de doctor en medicina. También era posible, después de obtenido el título de bachiller, aprender el oficio al lado de un médico conocido y experimentado para luego presentar el examen. En este caso, el título que se recibía era de licenciado en medicina (Ceballos, 2002 , pág. 126).

La cédula de 1673 cuenta que la rigurosa medida de control de la Real Audiencia había causado “desconsuelo general”3 en la ciudad y que, ante la falta de médicos calificados, “cada uno elegía el de su confianza”4. Esta respuesta de la sociedad, referida en esta cédula y en otros documentos, muestra un poco la tendencia en el estado de la medicina y en su enseñanza: la restricción solo generó la escogencia de otras vías y un florecimiento de distintas prácticas para tratar enfermedades, prácticas que mezclaban conocimientos de la medicina indígena americana y africana.

Continuando con el estudio de la cédula de Mariana de Austria, el texto comenta que, para compensar la falta de médicos, se había propuesto que el Colegio Mayor del Rosario abriera una cátedra a cargo del médico Juan Francisco Páramo, planteando que los que acudieran a ella deberían contribuir para pagar el salario del catedrático.

Pasó el tiempo y tal medida no se implementó: no se dio la apertura de la cátedra ni Páramo fue nombrado catedrático. Con este panorama, se expresó en la cédula de 1673, como resolución de “la Reina Governadora” y su consejo, que se aprobaba, en primer lugar, que Juan Francisco Páramo “cure en esa ciudad” con la ayuda de dos practicantes, quienes después de dos años de experiencia podrían ser examinados para poder curar también.

En segundo lugar, también se aprobaba el nombramiento del médico Páramo como catedrático. Sin embargo, aquella medida pensada para que los estudiantes pagaran el salario fue considerada como fuera de lugar. Se solicitó, en la cédula real, la búsqueda de otros recursos para pagar al profesor y se requirió que se informara si la cátedra del Rosario contaba con alguna dotación de dinero y que se explicara por qué razón no se estaba impartiendo.

De vuelta al interrogante inicial: ¿por qué no se leyó 5la cátedra de medicina en 1653 ni en 1673?

Ya en Santafé se habían hecho esfuerzos por instituir la enseñanza de la medicina. Rodrigo Enríquez de Andrade, el médico que acompañaba desde España al nuevo arzobispo de Santafé fray Cristóbal de Torres, fue el artífice de la primera cátedra de medicina en el Nuevo Reino, impartida en el Colegio de la Compañía de Jesús, en 1636. A pesar de este esfuerzo, debido a los pleitos que tuvo que enfrentar el catedrático y a la escasez de estudiantes, la cátedra se cerró en 1641 (Quevedo, y otros, 2007).

Esa escasez de demanda de estudiantes de medicina se puede explicar de dos maneras: la primera era que los aspirantes no estaban dispuestos a pasar dos o tres años para ser aprobados como médicos (como lo pedía la cédula de la reina), si podían recibir con mayor facilidad una licencia para practicar por parte del protomédico o, mejor aún, si obtenían la aprobación social para curar por quienes los rodeaban. Otra de las razones para esta escasez fue el constante ambiente de pleitos y demandas entre los médicos para obtener privilegios, lo que generaba inestabilidad en los cargos. En efecto, en uno de estos pleitos, Rodrigo Enríquez fue separado de su cargo como protomédico en 1643 (Quevedo, y otros, 2007).

El desinterés en la enseñanza de la medicina en el Nuevo Reino también se relacionaba con los fines y el prestigio de las distintas carreras. Las facultades de derecho y de teología se consideraban esenciales e iban en sintonía con el plan político y evangelizador de la Corona y de las instituciones coloniales.

Una cátedra de medicina no tenía un rol importante en este panorama. Además de considerarse una profesión ruin y poco acreditada, bastaba con los médicos venidos de España para atender las necesidades de los habitantes en materia de salud (Quevedo & Duque, 2002, pág. 32).

En Europa, la prohibición puesta por la Iglesia en el edicto de Tours de 1163 al oficio de la cirugía para los clérigos, los miembros más educados de la sociedad medieval, desencadenó la práctica por parte de personas con escasa preparación. “Fue la época de los cirujanos trashumantes: hombres rudos, parlanchines, taimados y tramposos que realizaban una operación en una ciudad o feria de pueblo y luego se apresuraban a esconderse por temor a las represalias…” (González-Crussi, 2010, pág. 42).

Esta situación hizo extensiva la mala reputación del cirujano al médico, cuestión que se evidenció en Europa y, posteriormente, en las colonias de ultramar: “Muy cercano del barbero y del cirujano propiamente dicho, muy lejano del teólogo y del jurista, el médico casi siempre fue un aventurero llegado de Europa del que siempre se desconfió” (Silva, 2009, pág. 38).

Los cirujanos y barberos tenían como función primordial hacer sangrías, procedimiento curativo de distintas enfermedades a través de la extracción de sangre; también podían recetar y, en muchos casos, suplían todas las funciones de los médicos. Adicionalmente, los barberos hacían de “sacamuelas” y se ocupaban de procedimientos quirúrgicos sencillos (Ceballos, 2002 ). Ambos oficios fueron igualados por varios siglos y, en el contexto colonial neogranadino, se trataron casi que indistintamente.

Los cirujanos aprendían su oficio principalmente en la práctica 6 , al lado de un médico u otro cirujano, y para ser reconocidos en su actividad, en el ámbito de los reinos españoles, debían presentar un examen ante el protomédico. En la documentación sobre estas pruebas en el Nuevo Reino de Granada, se pueden observar algunos de los temas que se evaluaban: el protomédico hacía las preguntas necesarias sobre la anatomía del cuerpo, las diferencias entre las llagas frescas y las viejas, las heridas de la cabeza y otras enfermedades graves (Ceballos, 2002 ).

Por su parte, las funciones del médico eran diagnosticar, recetar y aconsejar para curar, basado en el estudio de diferentes métodos y también en la experiencia. En Therapeutica7 , de Galeno, obra vigente y aplicable en el siglo XVII, se hace esta precisión de las funciones del médico:

“Porque nadie ignora que la úlcera pide cicatriz, y las cámaras restañarse, más de qué manera y con qué medicamento no lo saben (los cirujanos). Y esto es lo que ha de añadir el médico. De manera que la indicación que de las enfermedades se toma es solamente el principio de donde la Methodo de curar parte, sin ser aun la menor parte y porción del arte de curar. Y lo que más es que, ni es grande porción, ni aun propia de medicina, pues es también al pueblo común. De donde se sigue, que el que tuviere facultad de hallar aquello que la primera indicación enseña y acabarlo, con justa razón se puede llamar médico y curador de enfermedades” (Galeno, 1572, pág. 4).

Volviendo al siglo XVII y al caso del Colegio Mayor del Rosario, en otra cédula real de 20 de septiembre de 1675 8, también emitida por la Reina Governadora, Mariana de Austria, se expone cómo el Consejo Real fue informado sobre el estado de la cátedra de medicina del Colegio Mayor del Rosario y la dotación económica para mantenerla.

Se muestra que, a pesar de que las Constituciones de fundación del Colegio reservaban unos recursos para la cátedra, los problemas administrativos del Colegio, en sus primeros años en manos “de la religión de Santo Domingo”, impidieron que se abriera curso de medicina. Solo se destinaron recursos a las cátedras de artes y cánones que eran las de “primera asignación” (ya se notaba la importancia de unas clases sobre otras).

Como demanda de Mariana de Austria, en la cédula de 1675 se ordenó a las autoridades de Santafé intervenir para que los recursos de las haciendas del Colegio Mayor se cobraran y fueran dirigidos al pago de los salarios de los catedráticos, nombrando, una vez más, para la cátedra medicina a Juan Francisco Páramo, quien se encontraba en la ciudad de Quito.

Evidentemente, fueron varias las razones por las que la práctica y enseñanza de la medicina tuvieron tantos obstáculos en Santafé en el siglo XVII, en el que apenas se estaban estableciendo las instituciones que regirían al reino. Un siglo en el que, por falta de interés, recursos económicos y asuntos relacionados con la reputación del oficio, no se estableció ni la enseñanza, ni la práctica médica occidental. Ya para el siglo XVIII, el proceso de educar para curar y de practicar la medicina fue más controlado y organizado, respondiendo a las necesidades de la creciente población de las colonias, a nuevas directrices de la monarquía española y al interés en nuevos conocimientos y sus aplicaciones, fruto del pensamiento de la Ilustración.

Pero volvamos al siglo XVII. Ya se han visto algunas razones institucionales por las que hubo dificultades para establecer una cátedra y una práctica de la medicina bajo los cánones españoles, ahora se debe ver un poco la situación de la población en este contexto.

En el Nuevo Reino de Granada, se presentaron varias epidemias de tabardillo o tifo exantemático. Una de 1630 a 1633, en la que resultó contagiado y muerto el arzobispo de Santafé, Bernardino de Almanza (el antecesor de Cristóbal de Torres). Esta epidemia afectó sobre todo a las poblaciones de Santafé, Facatativá y Tunja. Posteriormente, se presentó un nuevo broté que se extendió entre 1639 y 1688, y que afectó particularmente a Santafé (Soriano, 2015). Es decir, que durante más de medio siglo, Santafé estuvo azotada por esta grave enfermedad infecciosa que cobró las vidas de muchos habitantes:

Había causado la muerte del arzobispo, ochenta y cinco clérigos y religiosos de las milicias del Jesuita, los dos alcaldes ordinarios, cuatro regidores, muchos nobles y plebeyos, gran número' de esclavos y las cuatro quintas partes de los indios de la Sabana, sin contar los muertos de las provincias de que no existen datos numéricos 9 (Patiño, 1920, pág. 13).

El tifo exantemático es una enfermedad infecciosa producida por bacterias y transmitida por picaduras de insectos, cuya aparición en el Nuevo Reino de Granada comenzó a registrarse con la llegada de los ejércitos españoles que acompañaban al nuevo presidente del reino, Sancho Girón, en el año 1629. Médicos de los ejércitos españoles y jesuitas como Pedro Solís de Valenzuela, que habían conocido y curado esta enfermedad en Europa, la reconocieron al presentarse en el contexto americano (Patiño, 1920).

La epidemia de tifo de 1630 también fue llamada “la peste de Santos Gil”, por el nombre del escribano español que se encargó de escribir y tramitar los testamentos de los que perecieron durante el contagio, enriqueciéndose al terminar como el único beneficiario de aquellos que no tenían a quien heredar (Patiño, 1920).

Aun con el impacto de la enfermedad en la población de Santafé, los esfuerzos por establecer una cátedra para preparar a los médicos del reino se perdían en las discusiones entre la Corona, la Real Audiencia y las instituciones dedicadas a la educación.

Como ya se había dicho, la inflexibilidad de las reglas para ser un médico calificado era alta y generaba más indiferencia que atención por parte de quienes ejercían como médicos.

Es importante resaltar que el visto bueno para curar era otorgado sobre todo por los habitantes de las distintas poblaciones, y bajo los cánones de las distintas medicinas tradicionales que se practicaban. La medicina americana, basada en prácticas mágicas acompañadas del conocimiento y el uso de hierbas (yerbatería), la sobandería y las aspersiones de humo sobre las partes enfermas, predominaba en los contextos rurales. También los elementos de la medicina africana asociados a la hechicería y el curanderismo llegaron y fueron aplicados a distintas poblaciones, aunque ambos prohibidos y perseguidos por las autoridades políticas y religiosas (Ceballos, 2002 ).

La medicina que aplicaban los españoles correspondía también a una amalgama de prácticas y tradiciones –árabe, judía, griega, celta…– enraizada en los principios de Galeno e Hipócrates y con modificaciones cristianas. Era una medicina “moderna” para su tiempo, que había adaptado procedimientos innovadores, recién introducidos en Europa, como autopsias para diagnosticar muertes por envenenamiento o para conocer mejor el cuerpo humano. “Sin embargo esta medicina también estaba cargada de elementos mágico-religiosos y en eso no se diferenciaba mucho de la africana o la americana, aunque su apariencia exterior sí estuviera recubierta de cierto “cientifismo”. Hacía uso de rezos y ensalmos, y explicaba la enfermedad por el pecado y el castigo divino, de la misma manera que las otras medicinas tradicionales usaban trances y cantos en sus métodos para curar (Ceballos, 2002 , pág. 128).

Esta fue la medicina que se empleó en el Nuevo Reino de Granada, en este siglo en el que se cimentaron muchas de las instituciones que regirían la vida colonial.

Ya finalizando el siglo XVII santafereño, hubo un último intento por establecer la cátedra de medicina en la ciudad y así compensar la necesidad de médicos instruidos en el reino. Tras el ataque de 1697 a la ciudad de Cartagena por parte de Pointis, corsario francés, Isidro de Molina, protomédico graduado de Alcalá de Henares, tuvo que abandonar la ciudad. En Tamalameque, recibió la comunicación de la Real Audiencia ofreciéndole el cargo de protomédico en Santafé, con la posibilidad de convertirse en catedrático del Colegio Mayor del Rosario. Como ocurrió en el pasado, la propuesta se quedó en discusiones entre Audiencia, Cabildo y Colegio, pero no se materializó el traslado del médico de Alcalá a Santafé para ocupar el dicho cargo (Quevedo, y otros, 2007).



  • 1Escritura ajustada a la ortografía actual del castellano.
  • 2Cédula real de 20 de septiembre de 1673. Archivo de Indias de Sevilla. Con copia en el Archivo Histórico de la Universidad del Rosario (Archivo anexo, caja 2, AIS folios 12-13).
    Protomedicato: “Tribunal regular compuesto por tres médicos de cámara, tres auditores médicos de la casa de Borgoña, de un asesor jurídico” que reglamentan las cuestiones médicas y cuyo fallo es inapelable”. En: Gutiérrez, V. (1985). Medicina Tradicional de Colombia. Universidad Nacional de Colombia. Tomo I. Bogotá.
  • 3Ibid.
  • 4Ibidem.
  • 5Era usual la expresión leer la cátedra, como sinónimo de impartir o dictar la cátedra.
  • 6Existieron escuelas para la enseñanza de la cirugía en Europa, como la pionera escuela de medicina de Salerno, Italia en los siglos IX- XIII.
  • 7Obra traducida del latín al castellano por el cirujano zaragozano Jerónimo Murillo y publicada en 1572. Ejemplar en la colección del Archivo Histórico UR E02N026 .
  • 8Cédula real de 20 de septiembre de 1675. Archivo General de Indias. Sevilla. Santa Fe, 531 – (Caja 2 Fols. 106v-107).
  • 9 Texto citado de: Groot, J. (1889). Historia Eclesiástica y civil de Nueva Granada. José Manuel Groot. 1889, segunda edición. Casa editorial de M. Rivas y co. Bogotá.
    Ibáñez, P. (1884). Memorias para la Historia de la Medicina en Santafé de Bogotá. Imprenta de Zalamea. Bogotá.

Trabajos citados

  • Ceballos, D. L. (2002). "Quyen tal haze que tal pague" Sociedad y prácticas mágicas en el Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Ministerio de Cultura .
  • Galeno. (1572). Therapeutica methodo. (H. Murillo, Trad.) Zaragoza: Casa de la viuda de Bartholome de Nagera.
  • González-Crussi, F. (2010). Breve Historia de la medicina. Xalapa: Universidad Veracruzana.
  • Patiño, L. (1920). Tifo Negro o Exantemático en Bogotá. Bogotá: Editorial de Cromos.
  • Quevedo, E., & Duque, C. (2002). Historia de la Cátedra de Medicina en el Colegio Mayor del Rosario durante la Colonia y la República 1653-1865. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario.
  • Quevedo, E., Pérez, G., Miranda, N., Eslava, J., Hernández, M., Bustos, L., . . . Villamizar, C. (2007). La medicina de las ciudades (1605-1720). En G. P. Emilio Quevedo, Historia de la medicina en Colombia, prácticas en conflicto (1492-1782) (Vol. Tomo I, págs. 135-215). Bogotá: Editorial Norma.
  • Silva, R. (2009). Universidad y sociedad en el Nuevo Reino de Granada. Contribución a un análisis histórico de la formación intelectual de la sociedad colombiana. Medellín: La Carreta Editores.
  • Soriano, A. (febrero de 2015). La medicina en el Nuevo Reino de Granada. Boletín Cultural y Bibliográfico, 6(11), 1706-1713. Obtenido de http://publicaciones.banrepcultural.org/index.php/boletin_cultural/article/view/5609/5846
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